Una vez una amiga me contó que su abuelo, que había venido a Argentina huyendo de los pogromos en Europa, jamás hablaba de esos años allá. Decía mi amiga que él, de la nada, empezaba a llorar solo, sin aparente motivo, aunque ella sospechaba que esas lágrimas bajaban desde los canales secretos de su memoria. Para un migrante forzado hablar del pasado es difícil, complicado, doloroso, la urgencia en rehacer rápido la vida pasa a un primer plano; todo el combustible, el poco que trae, lo deposita en el porvenir. Una mínima distracción puede costarle la vida. A las primeras de cambio la nostalgia puede volverse kryptonita pura.
Arianna de Sousa-García, como mi amiga, también es nieta de un migrante, un sobreviviente de la guerra que, cuando la nieta preguntaba por cómo era allá, la manera de contestar del abuelo era un nervioso “No me acuerdo”. Las circunstancias hicieron que la respuesta que buscaba tuviera ella que elaborarla para su hijo, quien es el que ahora pregunta luego de saberse migrado a Chile. “Tener memoria de elefante; traer a la memoria, recorrerla, acordarse, conservarla y presentarse de nuevo en el recuerdo. Presentarse de nuevo en el recuerdo todas las veces que sea necesario de todas las maneras posibles”, previene la madre a León, acaso dirigiéndose a toda una generación tendiente a la amnesia.
Atrás queda la tierra es una carta al hijo en la que la autora mezcla la memoria personal y la colectiva, su vida y la de los demás entre el torbellino de catástrofes del chavismo, entre los que se incluye la migración forzada. El tono que emplea es por momentos estadístico, crudo, certero (Arianna es periodista, tiene un trabajo de investigación sobre el control alimentario en Venezuela), y por momentos narrativo, en el que la extranjería ya ha dejado su marca y su compensación (“el mundo me ha mostrado que un puerto puede ser todos los puertos del mundo y que quizás lo único que lo hace verdaderamente precioso ha sido perderlo”), además de la evidencia de que al salir no se está a salvo, de que el país de destino puede ser peligrosamente hostil.
Atrás queda la tierra es un libro sin tintes partidarios o ideológicos: en él se muestran las víctimas humanas con detalle casi forense. Es además un trabajo riguroso, sintético, que se aleja del oportunismo mediático y agujerea el discurso de quienes, recordando a Camus, se ponen al servicio de la historia y no de quienes la padecen.
POSDATA
1. Uno de mis sobrinos llegó a Buenos Aires con un año y medio de edad. Un día le pregunté qué recordaba de Maracaibo. Me contestó que el calor, que siempre fuera verano. No recordaba nada más. Tampoco recordaba a su abuela, quien durante algunos años fue una señora extraña que lo quería mucho y que conoció cuando ella lo vino a visitar. Atrás queda la tierra es también un libro para reflexionar sobre las infancias migrantes.
2. Me encanta que Arianna escriba «auto» en vez de «carro» cuando narra un recuerdo venezolano. Me gusta su ductilidad con el lenguaje, que le otorgue un sentido de pertenencia a las nuevas palabras de su vida.
