Las piedras

En mi mano sostengo seis piedras. No sólo las sostengo, sino que las hago entrechocar contrayendo y descontrayendo el puño; me gusta el sonido que emiten al friccionarse, ese sonido de inicio de derrumbe o de fisura en la tierra; ese sonido que delata nuestros pasos en el camino desnudo, acaso nocturno y apartado de aquí, de este balcón en el que escribo y camino, porque hay ruido de piedras en mi mano.

Aún recuerdo en qué mares me incliné hasta quedarme con una de ellas y, como Borges con la arena de Egipto, decir estoy modificando el mar. Imagino estas piedras en el vaivén de su viaje anfibio; imagino que mis pies se hunden en la arena húmeda y no en lavandina diluida, y vuelvo a inclinarme o mejor dicho vuelvo a incorporarme desde el agua, vuelvo a robar una piedra del mar en la noche, llevarla a donde cuelga la débil bombilla, ahí donde beben mis amigos.

Pero en los últimos días no distingo la llegada de la noche. Tal vez por eso escriba sobre ella, o escriba recordando el sonido del mar en una noche del pasado. Porque hoy tanto el mar como el pasado son luces remotas, la evidencia de un antiguo privilegio, unas piedras que ya no huelen a sal sino a gel sanitizante.

Y este cielo perfectamente claro y transparente no me pertenece, ni me ha pertenecido jamás. El día se mofa de mi organismo vulnerable con su belleza. No hace falta que yo lo describa. Y si lo hago será para describirme a mí mismo detrás del tenue cristal que me separa de la vida, como decía Pessoa.

Seguramente debo salir durante el día para sentir la vitamina del sol, o para ir sintiendo cómo las piedras se calientan, cómo se cargan de calor y parecen ganar peso, como si la luz las conectara con su ausencia cóncava, que el mar debió desfigurar mil veces y que ahora suplanta mi mano.

Sin duda es engorroso escribir así (la mano que escribe soportando el cuaderno, apoyado en las piernas cruzadas), pero no pienso soltar las piedras, que como dije son seis: una gris con pigmentos naranjas, de procedencia fueguina; una negra recortada como un puzzle, chata y curva en sus contornos, creo que mediterránea; una casi esférica y de aspecto ambarino, como una bola diezmada por el óxido, si no confundo, del Pacífico; una de una playa de La Guaira, porosa como esponja, verdosa y rosada; y estas dos que deben ser de la misma orilla (o del mismo mar, sospecho que uruguayo), porque al unirlas encastran perfectamente; de modo que quizás no sean seis sino cinco las piedras; en fin, a los efectos de sentir el recuerdo del mundo en mi mano, da lo mismo.

¿Es cierto que estamos perdiendo el mundo tal y como lo conocíamos? ¿Acaso lo conocíamos enteramente? Desde hace días oigo el vaivén del chirrido entre dos metales, como una puerta que se abre y se cierra para nadie, o un columpio desvencijado que se mece con el viento. Hace mucho que no vamos a la plaza, y una evidencia es que Mario ha empezado a arrancar las hojas de las macetas para restregarse en ellas; está harto del parqué y de la vuelta paranoica a la manzana.

La plaza Benito Nazar está a apenas diez cuadras. Ignoro si el chirrido provenga de ahí; últimamente hace tanto silencio que es posible oír el cuchicheo que antes contenían las paredes. Pareciera que la pared fuese ahora una sola y que todos estuviéramos adentro, como están adentro las piedras en mi mano.

Pero de todos los ruidos imaginables, hay uno que captura casi toda mi atención: el llanto compungido de un nene, que no sé por qué imagino de un hombre, volviendo a llorar como un niño. Es rara la consciencia de que la muerte pueda sobrevenir en cualquier momento. Y más raro aún es que no sepamos si tendremos los pulmones para resistir, que desconozcamos la fuerza interior de nuestro cuerpo, que la incertidumbre interior acabe siendo literal.

Mario me mira con sus ojos de animé, grandes y llorosos, como si estuviera de verdad deprimido. Extiendo el brazo para que olfatee, pero no le interesan las piedras. Será más tarde y sólo él reparará que es de noche, cuando los aplausos descoordinados lo enloquezcan, y ladre para callarlos o para acompañar el tributo. Estos últimos días su susceptibilidad ha ido en aumento. La pelota arrojada más allá de sus límites lo ofende, como si acusara un entusiasmo injustificado de mi parte. Y ni hablar de los vecinos en speaker, parloteando a sus anchas en el balcón o en la ventana contigua; a esos les ladra con más rabia que al virus, como si al otro lado de sus celulares estuviera la plaza.

Es difícil para un perro el cambio súbito de rutina, así como lo es para uno también. La diferencia es que uno tarda un poco más en darse cuenta; es como el poema de Patrizia Cavalli: “Ahora que tengo todo el tiempo para mí / y nadie me llama para el almuerzo y la cena, / ahora que puedo quedarme a mirar / cómo se desvanece una nube, cómo se decolora, / cómo camina un gato por el techo /en el inmenso lujo de la exploración, / ahora que cada día me espera / la desmedida longitud de una noche / en donde no hay llamado y no hay motivo / de desnudarse aprisa para guarecerse en la dulzura / cegadora de un cuerpo que me espera, / ahora que la mañana no comienza nunca / y silenciosa me abandona a mis proyectos, / a todas las cadencias de mi voz, / ahora de repente añoro la prisión”.


Escrito en los días de confinamiento.