Sueños

20/12/18. Una playa en la costa oriental del lago, atestada de algas muertas. No había alternativa, era ahí donde podíamos ir, decía mi madre, que conducía el auto. Y ahí, mis hermanos se preparaban para sumergirse, y mi madre veía el menú, indecisa, concentrada en el plato más barato, y a mi padre lo veía caminar lento por la orilla… Mi hermano se revolcaba en la arena con mi chaqueta de cuero que le quedaba holgadísima. El cuerpo de mi madre al volante reducía de tamaño. Su línea de visión perdía de vista la carretera, pero ella conducía espléndidamente.

11/2/19. Una marca de cigarrillos que inducía a sueños aceptados por la iglesia. Eran vendidos por chinos, en algún lugar de la frontera. Había cola para comprar.

13/2/19. Soñé con J. A la fecha, J lleva un año muerto. Estaba peleado con su madre (cosa extrañísima, porque él la idolatraba). Había venido de visita con una mujer desconocida. Se alojaban en un cuartucho (creo) en el club al que yo iba de niño con mi padre (el Colegio de Médicos). Recuerdo haberlo visto solo una vez en el sueño, descamisado, transpirado, sin tatuajes o con pocos. Hacía años que no nos veíamos. J murió a los treinta y pico en Europa.

15/2/19. Con Mariana Enríquez. Soñé que le agradecía el haberme dado a conocer a Jen Cloher y a Courtney Barnett, la pareja de músicas australianas. Estábamos al aire libre, en un lugar como en el que Elisabeth Bishop escribía en Brasil, un lugar impresionante. Poco a poco me di cuenta de que la simpatía de Enríquez se debía a que quería apoderarse de mi computadora.

6/3/19. Una torre que se tambaleaba, como en un temblor. Por la ventana, Nueva York oscurecía o se veía envuelta por una nube negra. Las luces de sus rascacielos comenzaban a encenderse de la planta baja hacia arriba. Cuadros de luz fluorescente. Luz fría y azulada. Luego lluvia. D y yo bajábamos a la calle, envueltos en sábanas, descalzos. Yo le tapaba los ojos para que no viera los cuerpos que por las violentas sacudidas habían caído al vacío, sobre jardineras, la herrería de las plazas… algunos caían sobre grandes toldos que amortiguaban el impacto. Volvíamos al hotel y nos sentábamos junto a unos indios en una mesa del restaurante de la planta baja: indios risueños, con ojos brillantes, como si estuvieran borrachos.

14/3/19. Había descuidado la puerta y M salió disparado. Un vecino empujaba la puerta acristalada del edificio. Le grité desde el fondo del pasillo ¡Atrápalo! ¡Atrápalo! Pero el vecino venía con auriculares y era ¿cambeto? M se escurrió entre sus bobas piernas arqueadas. Corrí tras él con toda mi fuerza pero lo perdí de vista. Sus ladridos en la distancia me insinuaban su ubicación. Al doblar en una esquina lo encontré. Lo alcé entre mis brazos pero al volver a casa D reparó en que la correa y su mirada eran otras. Así fuimos acumulando perros que rescatábamos por accidente, todos parecidos a M. A M, al verdadero M lo seguíamos buscando. No dábamos con él, aunque sus ladridos seguían escuchándose a la distancia como un sonido extraño del viento.

4/4/19. La casa elevada sobre el terreno, habitada por fantasmas. La casa implosionaba y quien quedara dentro corría el riesgo de desaparecer. La casa lo anunciaba, al menos. Vibraba, todo su blanco vibraba. Era un temblor en el bosque (la casa estaba rodeada de verde). A algunos les daba tiempo saltar, a otros no.

7/4/19. Soñé con S. Hacía tiempo que no lo veía, ni en la vigilia ni en los sueños. Estaba sentado en la mesa de un Kentucky, solo, leyendo un libro de poesía beat. En realidad, cuando me acerqué a saludarlo me percaté de que no elevaba la voz; modulaba sus palabras como si a estas les faltara aire. Me dijo que se estaba dedicando exclusivamente a la meditación, y que por eso se había mudado lejos.

11/5/19. El lugar parecía del conurbano y posindustrial. Un río, algunos árboles dispersos. Grandes naves (galpones) abandonadas, y la casa (la quinta) de verano de George Clooney y Sharon Stone. Una casa con pasillos laberínticos y alfombrados, con cientos de habitaciones a las que podía espiarse el interior, puesto que las separaba un antepecho y un paño de vidrio transparente del pasillo. En una de ellas vi a Clooney y Stone contando dinero, desnudos. En esa casa había varias escaleras, pero había una en particular, en L, desde cuyo intermedio (descanso) podía continuarse en línea recta, es decir, contra el tapiz de un paisaje veneciano el cual podía traspasarse como a un holograma viscoso. Del otro lado la escalera continuaba su descenso hasta una laguna gris, donde esperaba atado un bote. Toda ave que intentara posarse sobre aquella agua moría al instante, quedaba flotando como un desecho de plástico más. El bote parecía resistir sin problema la acidez asesina de la laguna. Entonces navegué. Aquello era un pantano de una belleza pétrea y estremecedora, una especie de purgatorio, de paso previo (o posterior) al apocalipsis. Atraqué el bote después de navegar un rato y ver el pájaro morir, y ver cómo el cielo era una densa neblina de tres metros de altura. Y caminé por una senda por la que a un lado había un abandonado estacionamiento vigilado por un guardia notablemente aburrido, que ni siquiera se sorprendió al verme. Y al otro lado, un puesto de discos, construido con bastidores de hierro azul, con goteras por todos lados y vinilos empapados, algunos tirados en el piso lleno de charcos. Y creí ver a un hombre mirando los que aún quedaban en una de las mesas. Buscaba con paciencia, como si no reparara en el lugar en donde estaba, rodeado de toda aquella decadencia, y ese hombre se parecía a mi padre.


La imagen de esta entrada es un dibujo de William Kentridge.